Te invito a sonreír, Colombia

erikson julian castroPara muchos colombianos la confrontación armada solo la vivieron por imágenes en televisión, donde transmitían la guerra en unos pocos minutos.

Por Erikson Julián Castro

Docente y columnista

Pero en varios rincones de Colombia llovían balas desde todas las direcciones: arriba, al lado, desde el suelo y claro hasta por los medios de comunicación, que tienen culpabilidad de los litros de sangre derramada en esta patria. Despertarse en las mañanas y escuchar el traqueteo de los fusiles en medio de las montañas, oír las hélices de los helicópteros ametrallando los campos y selvas colombianas, percibir el ruido de las botas corriendo en medio del barro, sentir miedo cuando estallaban las bombas y ese ruido infernal de las minas aniquilando cuerpos que no distinguían uniforme.

Y más aún, cuando la presencia de esos uniformes hostigaban y señalaba a cientos de campesinos estigmatizándolos de ser auxiliadores de la guerrilla, de paramilitares o del Ejército. Torturas, gritos, amenazas, dolor, sangre, desaparecidos, lagrimas era el pan diario que empleaban todos los actores en armas en esa época, donde llovían balas provocando muertes tanto de uniformados como de civiles que se refugian en medio de combates y que solo se amparaban a la misericordia divina de un milagro para salvar sus vidas de esta cruel y maldita guerra que se vivió en las veredas colombianas.

Muchos colombianos no vivieron ni sintieron la guerra. Algunos jamás sintieron la tranquilidad de un cese al fuego o percibían lo mismo si había o no había tregua. Pero en la ‘Colombia olvidaba’ era colosal sentir el silencio de los fusiles, unos añoraban que jamás volvieran a sonar las explosiones, que nunca más los visitara la muerte.

Por lo contrario, los que nunca percibieron el horror de masacres, el olor de sangre, el llanto de familias, el miedo de niños y niñas y la incertidumbre de estar vivo o muerto en medio de una confrontación armada sin querer estarlo, en cualquier minuto o segundo estallaban bombas, llegaban personas uniformadas (no se sabían quiénes eran), algunas veces matando y ordenando abandonar las tierras que campesinos cultivaron y labraron para sostener a sus familias, hoy se encuentran en los semáforos viviendo de la caridad y las inclemencias de la ciudad.

En el campo en medio de sus necesidades nunca se sintieron humillados mendigando, pero hay quienes perdieron sus tierras, sus seres queridos, sus propias vidas en esta lluvia de balas que por décadas arremetió contra los campesinos y sus hijos. Al final, los vituperados habitantes rurales fueron los que empuñaron las armas, no porque quisieran, sino porque las circunstancias de la vida los llevaron a esos escenarios de la violencia armada. Algunos de ellos fueron obligados a montar en camiones para ir a ser reclutados, otros por miedo a desobedecer, y algunos por convicción.

Sin embargo, todos los hijos del campo y en diferentes bandos fueron conducidos a la guerra, época que fue vivida en mayor cantidad por los trabajadores de la tierra, aquellos colombianos olvidados y abandonados por el Estado. En ocasiones, la guerra la sintieron las ciudades y también hubo muertos que no tenían nada que ver con estos grupos armados, pero el diario vivir y quienes llevaron en sus historias de generación en generación las verdaderas imágenes en vivo de la crueldad de la violencia armada, siempre fueron los campesinos, estigmatizados y señalados.

Hoy hay una gran oportunidad para que las narraciones y los relatos de la guerra queden registrados en la historia y que nunca más vuelvan a presentarse en nuestro país. Quienes crecimos en ese periodo de guerra ayudemos a enterrar rencores, odios, venganzas, resentimientos, e iniciemos un nuevo periodo de reconciliación, perdón y tolerancia. Pero sobre todo amor, amor por quienes ya no están junto a nosotros, esa sangre derramada por soldados, policías, guerrilleros y paramilitares, además de civiles.

Toda esa sangre debe de llenarnos de amor, esos litros de sangre revivir nuestras esperanzas de poder existir en una Colombia donde quepamos todos, donde se exalte a nuestros muertos, y que esas muertes hayan sido el principio de la armonía social en Colombia. No olvidemos a nuestros muertos; pero no para venganza, sino para sentir y con orgullo que es el significado de nuestra reconciliación y salvación de nuestra Colombia.

Podríamos perpetuarnos en esta guerra. Es muy fácil hacerla. Tenemos 52 años en una confrontación armada entre las FARC y el Estado, entre los hijos de los pobres, porque los ricos jamás van. Esta guerra lo único que ha generado es mayor pobreza, viudas, huérfanos, desplazados, dolor, odio y rencor. Es triste escuchar que existen personas que persisten en continuar la horrible noche en Colombia, e insisten en alimentarla a través del veneno del odio. Pero, ¿qué proponen? ¿Continuarla eliminando al adversario?

Con el Nuevo Acuerdo se acaba la existencia de un actor armado. Intentemos. Hoy existen muchas familias que afortunadamente no tienen reseña ni esquirla de esta guerra. Y son a estas a que invito que desarmen sus corazones. La inmensa mayoría de quienes han padecido las nefastas garras de la violencia prefieren parar la guerra antes de continuarla. A ellos, mi admiración infinita. Han entendido que la mejor solución a una confrontación y a las diferencias es a través del dialogo. Es preferible llegar a unos acuerdos que proseguir en una imposición armada.

Y con nostalgia pero con un amor infinito, extiendo mis brazos para que guerrilleros, soldados, policías y paramilitares junto con nosotros, los civiles, nos abracemos y paremos el atraso de la guerra, la misma que me arrebató a amigos, familiares y a seres que quise tanto: Oscar, Nicolás, Edward, Diego, Ronald, Paulo, Oswaldo, Rubén, Carlos, Karina, Ferney, Adolfo, Alfredo entre muchos otros.

La guerra los invito desde diferentes bandos y añoré abrazarlos nuevamente cuando ésta finalizara. Sin embargo, fue la muerte la que primero lo hizo. Ahora por el amor a los ausentes, a mi familia y a mí país, te invito a sonreír, Colombia. Reconciliémonos, perdonemos, dejémonos de matarnos para que se acabe la lluvia de balas para siempre.

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