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Los hornos crematorios paramilitares, lo que se revelará con la implementación del Acuerdo

Hornos Crematorios Norte de Santander 9Los paramilitares de Norte de Santander desaparecieron seres humanos con el método usado por las SS durante la Segunda Guerra Mundial. Con la implementación del nuevo Acuerdo de la Esperanza y el Tribunal Especial para la Paz, Colombia conocerá parte de la nefasta verdad histórica.

John Fredy Nagles Soto

Redacción 180 Grados

Fotos: Cortesía Javier Osuna Sarmiento

Esto no ocurrió en 1943 en la Alemania nazi. Sus métodos fueron similares, pero la época y el lugar de los hechos no son de la Segunda Guerra Mundial. Durante tres años (2001 a 2003) el Frente Fronteras del Bloque Catatumbo de las AUC idearon una horrorosa forma de “ajusticiar” a sus víctimas: En unas ladrilleras, diseñaron unos hornos crematorios para asesinar allí a cerca de 560 personas que creían auxiliadoras de la insurgencia. Estos degradantes relatos ocurrieron en la vereda Juan Frío, zona rural del municipio de Villa del Rosario, en el departamento de Norte de Santander, Colombia.

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La historia es relatada a profundidad por el periodista Javier Osuna Sarmiento, quien en 2012 decidió irse tras el rastro de las cenizas de Luis*, Víctor* y Moisés*, tres de los asesinados de forma terrorífica. Luego de dispararles sus cuerpos fueron echados al fuego en los hornos crematorios. Estos desmanes son recogidos en el reportaje llamado ‘Me hablarás de Fuego’, un trabajo que por poco al mismo periodista le cobra su vida.

Mataban ‘en las narices’ de las autoridades

Los ‘paras’ tenían todo controlado. El comercio informal, las empresas, los órganos de control, los fiscales, las autoridades civiles locales y la regional y, por supuesto, la Fuerza Pública. Así, los sicarios podían transitar las calles con total libertad sin ser perseguidos ni responsabilizados de tales asesinatos. Una atmósfera negra donde la muerte se movía a su antojo. “Había días que en Cúcuta perfectamente podían amanecer 40 y 45 muertos en las calles. Las autoridades registraban diariamente el doble de asesinados que la taza nacional de homicidios”, explicó el periodista.

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Entre 2001 – 2003, los paramilitares del Frente Fronteras del Bloque Catatumbo comandadas por Jorge Iván Laverde Zapata, alias ‘El Iguano’, ideó esta forma para deshacerse de los cuerpos que ellos consideraban cómplices de las FARC. Sin embargo, empiezan a darse los primeros avances en un proceso de negociación entre ese grupo armado ilegal y el Gobierno Uribe Vélez. “Río Frío queda a solo 30 minutos de Cúcuta, que es otra de las grandes infamias de este crimen. Todo sucedió al lado de las autoridades, en frente de quienes debieron hacer algo para evitarlo”, resaltó.

Al río no, al horno

En el desarrollo del proceso se realizaron los primeros procedimientos de exhumación. “Comenzaron a esconder esos cuerpos en fosas comunes siguiendo órdenes de Carlos Castaño. Ellos querían que esos cuerpos no se encontraran porque generarían problemas a las autoridades que mantenían una relación de complicidad con ellos. Además, porque si se hubiesen descubierto esos cadáveres durante la negociación, eso hubiese sido un escándalo”, resaltó Javier.

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Ante la imposibilidad de arrojar esos cuerpos al río, como lo hecho en Caquetá y Casanare, toman la determinación de adecuar unas ladrilleras en Juan Frío donde incineraron los cuerpos de 560 seres humanos. “Al comienzo, los paramilitares metían allí los cuerpos de personas ya asesinadas. El asunto es que los hornos siguieron funcionando, y los paramilitares comenzaron también a llevar a gente viva a meterla allí a arder”, subrayó.

“Lo que si estoy seguro es que llevaban gente a estos escenarios y los torturaban con la amenaza de que los iban a calcinar. Mientras los golpeaban, los torturaban, les hacían entender que los iban a cremar”, dijo el periodista.

Un homenaje a la vida

Luego de la desmovilización, se empiezan a conocer las confesiones de los excomandantes de los ‘paras’. Sin embargo, la prensa redacta las noticias desde lo que decía el perpetrador. “Nadie se preocupaba por identificar a las víctimas o tratar de establecer su identidad. Entonces, yo quedé con una sensación de deuda en 2008 cuando escuché este tema por primera vez. Tomé entonces la decisión de volver a escribir sobre este tema con mayor profundidad, haciéndole un homenaje a esa vida que trascendió más allá de las cenizas, que se resiste a ser removida del paisaje”.

Las familias que viven en Cúcuta y en zonas limítrofes con Catatumbo han aprendido a cargar con ese dolor, y desconfían por completo de todo el mundo. Por supuesto, también de los periodistas. Pero en medio de este panorama, Javier logró que una de las madres empiece a relatarle su historia a partir de una anécdota aparentemente sin sentido: la historia de un cucarrón.

“La primera persona que pude contactar para este trabajo fue la mamá de Luis*, un muchacho de 17 años que los paramilitares desaparecieron en los hornos de Juan Frío. Yo asistía a un encuentro de víctimas que organizaba Asfades, y allí encontré a esa madre”, contó.

“Empezó a contarme que durante los días posteriores a la desaparición de su hijo, un cucarrón volaba sobre su cabeza. Ella desesperada del insecto que se le atravesaba en medio de tanta angustia, le gritó ‘¡No más Luis*, váyase pa’ la pieza!’, le dijo el nombre de su hijo quien llevaba dos días desaparecido. El cucarrón le hizo caso, y se fue al patio a meterse entre un madero”, recordó.

Rastros de la infamia

Las historias están contadas en primera persona, pero construidas a partir del testimonio de los familiares y amigos de las víctimas. Para llevar a cabo esta investigación, el periodista viajó a Juan Frío, escenario en el que confirmó que definitivamente el paramilitarismo en la frontera sigue vivo. “Esta zona sigue estando bajo el control de los paramilitares. Hay presencia de lo que las autoridades llaman Bacrim, que en realidad son reductos de estos grupos ilegales que aún hacen presencia en la misma zona desde aquellos años”, resumió.

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Antes de emprender el viaje, las familias de Luis*, Víctor* y Moisés* le pidieron a Osuna que tratara de ubicar algún indicio de sus seres queridos asesinados allí. “Eso es imposible”, les dijo en aquella ocasión. Sin embargo, al llegar allí pareciera que el tiempo se hubiese detenido. Pese al paso del tiempo, entre las piedras, en medio de la maleza que parece querer tragarse el lugar, aún estaban los rastros: Zapatos, pedazos de ropa y, al interior de la ladrillera, en donde hipotéticamente colocaban a las víctimas, manchones en lo que pudiesen ser rastros de cenizas humanas. “En esa visita que hicimos, tuvimos casi que salir corriendo de la toma de las fotos en ese espacio”, dijo.

Querían asesinar al periodista

Y sí que le tocó salir corriendo. Después de su última visita a Norte de Santander, por poco muere calcinado en un atentado en su apartamento por los mismos perpetradores de la masacre en Juan Frío. El 22 de agosto de 2014, desconocidos llegaron a su apartamento en el barrio Galerías, en Bogotá, y le prendieron fuego, con la firme idea de desaparecer su investigación y de paso, ‘cremarlo’ como lo hicieron 10 años antes con los protagonistas de su relato.

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“Cuando yo termino de documentar el tercer caso que está documentado, desconocidos me siguen desde Cúcuta hasta mi casa en Bogotá. Llegando allá, esa gente logra incinerar mi apartamento. Quemaron mis computadores en donde guardaba la investigación”, contó Javier.

Pero la idea de querer desaparecer el trabajo periodístico de Osuna no fue lograda por los asesinos. “Yo de verdad estaba muy deprimido por esos días después del incendio porque sentía que todo se había perdido. Pero pasó algo realmente milagroso: Había hecho un viaje a Caquetá y había empacado muy mal, y creí que se me había perdido una USB que tenía un backup con parte de la transcripción de las entrevistas del trabajo”, contó.

Y fue una medallita de la Virgen de los Milagros, obsequiada por su padre ya fallecido a causa de un cáncer, la que, según los avatares de la vida, salvó de las llamas su trabajo. “A mí me dicen desde Reporteros Sin Fronteras que empaque muy ligero y me vaya, porque el apartamento está bajo vigilancia. En la maleta metí cosas elementales. Yo cojo la maleta con la que hice ese viaje a Caquetá y cuando yo llegué al apartamento metí la mano para sacar lo poco que eché, encontré al lado de esa USB con el trabajo la medallita de la Virgen. Y supe que mi padre estaba allí”, relató.

El Auschwitz de Colombia

En medio de hornos crematorios, relatos de muerte y palabras de vida, el periodista hizo un llamado a que las autoridades de esta región preserven ese lugar, como lo hecho por el Gobierno de Polonia y la UNESCO en 1979 con el campo de exterminio en Auschwitz. “Esta ladrillera se está viniendo abajo, pero lo más doloroso es que no se está haciendo nada para mantener la memoria de este espacio. La idea es volverlo un museo para que nunca se vuelva a repetir, pero el tiempo pasa y la historia se está desmoronando”, denunció el comunicador.

Finalmente, Javier dejó la siguiente reflexión: “Estoy convencido de que en la medida en que conozcamos las pérdidas vamos a poder sentir solidaridad con las familias. La misión importante de este libro entonces es que a los seres humanos no se les puede desaparecer como un objeto, porque mantenemos una relación mucho más profunda con la vida, con los seres que amamos, con sus luchas, con sus logros. En Colombia tenemos que romper la indiferencia de la desaparición, y la mejor manera es celebrar la vida y no quedarnos señalando la muerte”, puntualizó.

* Los nombres de las víctimas fueron cambiados para proteger a sus familias, quienes aún reciben amenazas.

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